Pogacar y Vingegaard en plena bajada del Tour de Francia de 2022. (Charly Lopez/ASO)

La leyenda del Tour nació con un bramido. En 1910 el ciclista Octave Lapize atacó desde la salida en la etapa Luchon-Bayona, la primera que recorría los Pirineos. En su escapada de 326 kilómetros, el francés pedaleó durante catorce horas y por el camino escaló cinco colosos que entonces nadie conocía: Peyresourde, Aspin, Tourmalet, Soulor y Aubisque. Lapize avanzó penosamente por la ruta de los mitos a golpe de dolor. Llegó a la cumbre del Aubisque, arrojó la bicicleta al suelo, se dirigió hacia uno de los organizadores de la prueba y, cuando sus pulmones se lo permitieron, plasmó la primera sentencia en los anales del ciclismo: «¡Asesinos!». Lapize resumió en una palabra lo que muchos corredores han descubierto durante más de un siglo: el instinto criminal del Tour.

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La ronda francesa, el festival del sufrimiento humano, está llena de historias trágicas como la de Tom Simpson –que murió en el Mont Ventoux por abusar del dopaje, el mayor enemigo del ciclismo– o divertidas como la de Vicente Blanco –un cojo bilbaíno que se dopaba con bacalao y que, para tomar la salida del Tour, recorrió durante cinco días los 1.100 kilómetros que separaban su hogar de París–. La memoria de los aficionados está copada de las grandes batallas entre Coppi y Bartali, Anquetil y Poulidor, Merckx y Ocaña, o las hazañas de Induráin, Hinault y Armstrong, pero también los infortunios de secundarios como Walkowiak –quien se arrepintió de haber llegado a París con el maillot jaune– o el argelino Zaaf que, cuando estaba a punto de ser el primer africano en ganar una etapa, se emborrachó y cayó mareado.

La Grande Boucle constituye un tratado inamovible de pasión que desafía los límites del cuerpo y la mente de los ciclistas. Durante 21 días la serpiente humana recorre todo un país, deslizándose por las colinas, bordeando sus costas, escalando y bajando montañas, colapsando las grandes ciudades y llenando de vida les petits villages cada vez que el pelotón pasa rugiendo como un torrente de energía.

El Tour no se entiende sin la gente, sin los agricultores que nos regalan preciosos dibujos en sus campos de cereales, sin los espectadores que se tiran cinco horas –incluso días– en las cunetas para ver a los ciclistas durante unos segundos a toda velocidad, para no reconocer a ninguno, y aun así querer volver al año siguiente. Para alguien que nunca haya cogido el coche con rumbo a Alpe d’Huez  –la montaña de los neerlandeses–, no tiene sentido malgastar su fin de semana rodeado de camisetas naranjas, aguardando pacientemente, bajo el sol abrasador de julio, la llegada de los corredores. Pero aquí reside la magia del Tour. Viendo esos cuerpos marchitarse, avanzando laboriosamente por los tejados pirenaicos y alpinos, uno se empapa de la atmósfera sin concesiones del deporte más bello del mundo.

A mucha gente no le gusta el ciclismo ni el deporte en general, no le interesa tampoco saber quién es Pogacar ni tampoco que Induráin con cinco Tours, es junto a Anquetil, Merckx y Hinault, el corredor más laureado de la carrera ciclista más ilustre (a Armstrong le quitaron sus siete Tours). Sin embargo, para ellos la ronda francesa es la excusa perfecta para disfrutar de los paisajes vecinos sin moverse del sofá de casa, ansiosos por recibir los apuntes arquitectónicos de Carlos de Andrés o los chistes de cuñado de Pedro Delgado. Las vacaciones no serían lo mismo sin el clásico «buf… qué duro es este deporte eh Pedro» de Carlos, y el no menos famoso «a este le ha venido a visitar el Tío del Mazo» de Perico.

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Para la gran mayoría el verano empieza el 21 de junio, para otros cuando termina el colegio o abren las piscinas, e incluso los hay que lo dan por iniciado cuando saborean el primer helado. Los que piensan así están equivocados. La inauguración del verano se oficializa con el pistoletazo de salida del Tour de Francia. En esta ocasión, Bilbao será el maestro de ceremonias de la apertura de la temporada estival y, como dijo Hinault, de la «epopeya sobre dos ruedas».

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